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De niña siempre sentí el peso del ideal masculino. No porque quisiera orinar parada o jugar fútbol hasta tarde de la noche, sino porque a muy temprana edad conocí el egoísmo del altruismo.
Un padre que soñaba con salvar el mundo y con equilibrar la balanza de la justicia se escabullía desde la oscuridad del amanecer y regresaba hasta en la oscuridad de la noche. Cada vez que se le preguntaba a mamá en dónde se encontraba el hombre al que el cuarto mandamiento me ordenaba honrar, ella siempre respondía: Trabajando con la comunidad.
Desde ese entonces cultivé una rebeldía original que nada tenía que ver con lo común y menos con la igualdad, felicidad o algo que se le pareciera, me juré ser egoísta, pensar en mí y en los míos. Juré nunca casarme con un hombre de corazón social que limitara mi vida a ser 'la gran mujer detrás del gran hombre' y jure... y jure... hasta el día en que jure también amarlo y respetarlo hasta que la muerte nos separe. Porque claro, el rencor injustificado sólo te da para parecerte a lo que más odias.
Casada padecí todos los desplantes que no tienen rival, aquellos a los que tú no puedes reclamarles, porque terminarías sintiéndote culpable. Porque, ¿cómo te interpones entre la decisión de media noche que becará a más de 10 mil niños de bajos recursos?... culpas... culpas y más culpas.
Fueron muchos años en los que nunca ambicioné ser lo más importante en la vida de mi esposo. Eso ni pensarlo. Lo único que soñaba era tener un espacio, aunque fuera una vez al mes, en esa agenda en la que las urgencias y prioridades se resaltaban con rojo.
Algunas de mis amigas me sugerían dejarlo. Se preguntaban qué hacía al lado de un hombre que nunca tenía tiempo para mí y para el cual yo sólo era el vientre que inmortalizaba su apellido. Yo solía excusarlo en que era un gran ser humano que no le hacía daño a nadie y que por el contrario su aporte universal era invaluable. Que habían seres en el mundo que nacían para el mundo y se debían a él, y que sí, así no fuera, ¿qué sería del mundo sin Ghandi, Martin Luther King, sin ir más lejos Gaitán, y hasta el mismo Jesús?
Sólo hasta muchas noches, hijos, lágrimas y soledades después, pude entender que sí, que claro, el mundo de hoy como la historia misma necesita de héroes. Pero también entendí que la familia es el núcleo social por excelencia y que quizás muchos de estos héroes ayudarían también a construir un mundo mejor compartiendo con los suyos, y entendí como mujer, que antes de querer un gran ser humano, siempre quise un gran amante.
(Eloisa 1972).
Creado por editormujer
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